Capítulo 6

El primer rallo de sol de la mañana se inmiscuyó en la conversación que las notas del piano mantenían en la sala. Acarició el rostro de Kaede, mientras yo apreciaba ensimismado sus ágiles manos.

-¿Siempre habéis sido tan ducha en el antiquísimo arte de la interpretación? – la miré, sonriendo.
-Mi padre es el descendiente primogénito de una noble familia japonesa – se detuvo y entrelazó sus manos sobre su regazo. – He recibido la más exquisita educación.

Observé como su rostro se elevaba levemente como resultado del orgullo que reflejaba al hablar de la cultura que poseía. Sus labios eran aun más hermosos con la luz del alba, rosados y tersos. A la luz del astro rey, la hermosa Kaede se me antojaba como una hermosa Galatea, embaucándome con su nívea belleza la igual que ésta había hecho con Pigmalión.

-¿Le parece bien que nos retiremos ya a nuestros cuartos? – comenzó a levantarse del asiento que compartíamos, con la elegancia de la más distinguida dama aristócrata inglesa.
-Estoy de acuerdo – me levanté tras ella y le tendí mi brazo, para que lo tomara- permítame acompañarla a su cuarto, señorita.

Asintió levemente y se apartó un mechón de pelo del rostro. Tomó mi brazo y comencé a caminar a paso tranquilo, no con mi común prisa matinal.
La acompañé hasta su cuarto y se despidió de mi con una formal reverencia japonesa. La puerta se cerró, llevándose su compañía y liberando el aroma de su piel en el aire. Sonreí, atontado, y me encaminé a mi cuarto. Lo alcancé en segundos.
Abrí la puerta y me dejé caer sobre el mullido colchón. Miré el techo y suspiré, pensando en el aroma que me había regalado, en las sonrisas que generosamente me había otorgado y en su presencia en sí misma.
Comencé a imaginar cosas innombrables, inmorales y faltas de toda cortesía. Me imaginaba su rostro, bañado en el carmín de la pasión, y pensaba cuan atractivos debían ser sus labios cubiertos por los míos. Noté como algo se encendía en mi interior y, por primera vez, añoré un poco las insistentes insinuaciones de Ramses.
En la soledad de mi cuarto, me hice el amor.



-Señorito, señorito – una voz femenina muy familiar me llamaba – debe levantarse señorito, o llegará tarde al desayuno.

Me elevé un poco, dejando caer el peso de mi cuerpo semi inclinado sobre mis antebrazos, para mirar a Lindsay a la cara.

-Tengo sueño, Lindsay – recuperé mi posición inicial, tumbado por completo, mirando hacia el lado derecho de la cama – dile a mi abuelo que estoy indispuesto.
-Pero señorito… - discutió ella- su abuelo…
-¡Díselo Lindsay! – mi voz no había sonado tan firme como hubiese deseado, más bien había retumbado en el cuarto, somnolienta.
-Esta bien…

La puerta sollozó cuando Lindsay abandonó mi cuarto. Yo, me tumbé boca arriba y miré el techo iluminado por el sol de la mañana. Debían ser las ocho o las nueve. Un escalofrío me recorrió por completo. Tomé las mantas y me acurruqué aun más en ellas, exigiéndoles un calor que apenas podían darme. No había notado el frío matinal hasta ahora.
A pesar del sol, Londres siempre había sido una ciudad fría y húmeda. Las lluvias eran abundantes y el sol, como solía decir mi padre, brillaba por su ausencia.
Cerré los ojos y aspiré el aroma del nuevo día. Era el aroma de las tostadas recién hechas. Por un lado me arrepentía de no bajar a degustarlas, pero por otro me alegraba de no haberme movido de la cama. Estaba desnudo y hacía frío.
Observé el jardín a través del ventanal de mi cuarto. Había mucha gente merodeando por él, algunos podaban, otros retocaban los rosales que mi madre había exigido que se plantasen… y a mi se me antojaba todo como los preparativos de un desfile real o algo semejante. En realidad, estaban arreglándolo todo porque mi abuelo había planeado una amistosa comida entre nuestra familia y la familia del señor Issou, que se resumía a él mismo y la adorable Kaede.
Mis mejillas se ruborizaron en el mismo instante en que su imagen, a la tenue luz de las velas, iluminaba mi mente como un relámpago de emociones completamente imparable.
Oculté mi rostro bajo las mantas y sonreí. Me sentía como uno de esos chicos a los que yo siempre había tachado de idiotas, como uno de esos que se había quedado prendado de una jovencita aristócrata y soñaba con ella. Aunque, realmente, este caso no era igual. Kaede no era una joven de alta cuna, al menos no inglesa, y además estaba obligada a aceptar la protección de mi familia por los deseos de su padre.
En ese mismo momento me sentía poderoso. Me sentía como si todo lo maravilloso y etéreo que siempre había deseado se encontrase solo unas cuantas habitaciones más allá. Quizá dormida, quizá arreglándose para bajar a desayunar. Acariciando su cabello oscuro con sus esbeltos dedos y liberándose del ligero camisón de color negro que lucía la noche pasada.
Suspiré y me levanté. Tomé mi ropa interior y me la puse perezosamente. Me miré al espejo y me percaté de cómo habían pasado los años por mi. Cuando era menor, mi padre solía hacerme trabajar bastante, para mostrarme el culto al deber que le habían inculcado a él desde pequeño, por lo que mi físico ya se había comenzado a estructurar. Ahora, a pesar de la vida acomodada a la que me veía subyugado, mi cuerpo se mantenía atlético gracias a mis sesiones de carrera matutinas. Pero hoy, no me apetecía correr.
Cerré la puerta tras mi paso y me encaminé hacia el comedor silbando. Me paré ante su grandiosa entrada y conté hasta tres, para después golpear la madera de roble suavemente. Acto seguido, y sin aguardar una respuesta, entré.

-¿Se puede saber que haces aquí, James? – gruñó mi abuelo- Lindsay nos ha dicho que no te encontrabas dispuesto y que te excusasemos.
- Y así era, abuelo, pero he decidido bajar a saludaros a vos y a mi madre antes de comenzar mis lecciones de hoy con el piano – me incliné- no renunciaría a ellas ni por la enfermedad.

Eso hizo sonreír a mi abuelo. Siempre había apreciado a la gente trabajadora y detestaba a los holgazanes que se valían de burdas artimañas para librarse de sus deberes. Quizá por eso, estaba tan orgulloso de mi.
Le guiñé un ojo a mi madre y sonreí. Deduzco que ella, como la ingeniosa mujer que era, descubrió al instante que algo había cambiado en mi rutina y que ese algo me hacía tremendamente feliz.
Salí del comedor sin probar bocado y, en lugar de irme directamente a la sala de música, me encaminé a la puerta principal. Tomé los pomos de cada una de las puerta que la componían y caminé hacia delante, abriéndola de par en par. La luz del sol me iluminó el rostro y, casi por instinto, tomé una amplia bocanada de aire. Y en una carcajada la liberé.
Ramses, que pasaba justo por delante del porche, me miró extrañado. Yo le saludé, con una sonrisa, y me adentré en la casa de nuevo, dejando la puerta abierta y apreciando la brisa fresca que me acariciaba la nuca.
El señor Colbert aguardaba por mi. Estaba de pie junto a la puerta de la sala donde me había impartido mis clases de piano desde el primer día en que había pisado esta mansión. Kaede, estaba a su lado, ausente y pensativa, pero con una ligera sonrisa oculta en la comisura de sus labios.

-Buenos días, señorito – el señor Colbert se inclinó ante mi. – le veo radiante esta mañana.
-Es que el día esta exquisito… ¿No cree, señor Colbert?
-Maravilloso, sin duda – abrió la puerta de la sala – el sol ha salido muy pronto de mañana y la brisa de hoy es un poco menos fría.
-Ya veo que incluso aquí se nota que la primavera ha llegado – susurró Kaede.

La miré de soslayo. Sus mejillas estaban ruborizadas y lucía un modesto pero hermoso vestido azul celeste. En una de las muñecas llevaba atada una rosa blanca, como las que mi madre tenía el jardín, sujeta a un lazo de la misma tonalidad que el vestido.
El señor Colbert se sentó en la butaca que había frente al piano y nos indicó que tomásemos asiento frente al instrumento, juntos.
Yo aparté levemente la butaca hacia atrás, para que Kaede pudiese sentarse con más facilidad. Una vez se había sentado, la coloqué de nuevo en su posición inicial, y me senté al lado de la joven.
Comenzamos a tocar tras una orden de nuestro tutor. Mi corazón palpitaba desbocado con su presencia y mis sentidos se agudizaron para escuchar todas y cada una de las notas que apreciaba en su compañía. Podía sentir la respiración agitada de Kaede junto a mi, pero no comprendía porque se encontraba así.

-No diré nada de anoche si tú tampoco dices nada – susurró, sorprendiéndome.
-De acuerdo.

Entonces realizó un movimiento que no necesitaba hacer en la partitura que nos había tocado interpretar y tocó mi mano con las yemas de los dedos. Se ruborizó y, quizá fuese mi deseo, pero me pareció que sus labios se volvían más carnosos, más incitantes, y que ella deseaba un beso mío tanto como yo deseaba poseerla por completo.